El otoño llegó al parque a mediados de marzo. Las hojas no pararon de caer hasta que sólo quedaron los esqueletos de los árboles. El frío era insoportable y lo fue mucho más a medida que se acercaba el invierno.
Nada pudo ayudar al Black a protegerse del frío, ni siquiera sus carreras a lo largo y ancho del parque, ni el fuego que alguno de sus amigos prendía en un basurero con las hojas secas, tampoco su abundante pelaje negro.
El frío recrudeció a tal punto que una noche sin luna el viento azotó con más fuerza la pequeña casucha que uno de sus amigos le había construido en una esquina del museo, entre unos arbustos, y al despertar el Black supo que no se podría volver a mover nunca más.
¡Qué triste forma de morir!, pensó mientras intentaba mover sus patas congeladas y sólo conseguía que le dolieran aún más. ¡Qué triste forma de morir! Los primeros deportistas pasaban junto a él sin darle siquiera una mirada. ¡Qué triste forma de morir! Mientras sus ojos vidriosos escrutaban el parque viendo a parejas caminar de la mano, jóvenes riendo y jugando en el pasto, insensibles ante aquel frío aterrador. ¡Qué triste forma de morir! Cuando su mejor amigo lo llamaba por su nombre, dando gritos, preguntándole a los demás vagabundos si lo habían visto. Frías lágrimas le cubrieron los ojos y se desbordaron en un torrente de llanto canino, cuando la voz de su amigo se apagó a lo lejos y el Black pudo verlo alejarse caminando hacia la borrosa luz del sol tras las nubes.
¡Qué triste forma de morir! Fue su último pensamiento antes de que el frío viento nocturno le cerrara los ojos por última vez.