El viento arrastró hasta el mar las hojas del otoño y junto a ellas se llevó mi alma. Varada en una roca, gaviotas la encontraron y, malherida, la llevaron volando a tierras desconocidas. Aburridas, finalmente, de su inerte compañía la dejaron caer sobre el agua. Encontrándose, de esta manera, alma y mar por fin; enamorándose se mezclaron y perdieron, pues mi alma en agua se convirtió. De la misma forma, aprovechó la tuya el blanco y diáfano viento invernal y en cuanto de mi te quisiste escapar, se arrancó a si misma de tu cuerpo y se escondió en el fondo de un jardín junto a las más bellas flores. Envidia sintió en ese lugar de la belleza de sus compañeras y fue convertida en jazmín, jacintos y azucenas. Así, sobre un trozo de madera que frente a mi cada mañana descansa, plasmó el artista como se reunirán nuestras esquivas almas perdidas cuando volvamos a encontrarnos y seamos nuevamente lo que dejamos de ser cuando ellas nos abandonaron.
Imagen: Marisa Varisco, Jazmín de Agua.