lunes, febrero 09, 2009

Palabras a Lucía de Siracusa

No importa que por despecho el hombre prometido acuse ante sus jueces la promesa sin cumplir. No importa que profieran condenas insulsas y faltas de real autoridad, porque no importa lo que pase, lo que crees echará raíces en la tierra y como las de un gran roble te mantendrán de pie, de esta manera no habrá carreta de bueyes, ni ejército capaz de llevarte ante el juez, que furibundo por esto tu cuerpo mandará a quemar.
Pero no debes preocuparte, deja que las llamas de la ignorancia quemen a aquellos faltos de la luz que tus ojos otorgan, porque de esa forma, cubiertos con la resina de la intolerancia, arderán sus cuerpos más de prisa. Y aunque las llaman abracen también tu cuerpo, lo acariciarán en realidad como la seda.
Aunque luego una espada atraviese tu garganta llevándose tu vida, espera a que sus creencias se vuelvan obsoletas y ellos conformistas, porque una vez que estén muertos: el viento y el tiempo arrasarán sin piedad con su piel, su carne y sus huesos, dejando de ellos nada más que un vago recuerdo en la historia. Mientras que tu cuerpo se mantendrá puro por siempre. Serán tus ojos íconos para los pueblos de la Tierra; a pesar de que en vida los hayas arrancado para no ver al hombre prometido y descansen en una bandeja de plata, con ellos guiarás a los que busquen la verdadera luz que en tu nombre se esconde.