lunes, septiembre 29, 2008

Uno más

Uno más po’, por favor, suplicó tomándola del brazo. Ella lo miró con lástima y un poco de desdén. Si quieres uno más te va a salir mucho más caro, le advirtió ella recordando lo que le habían enseñado a hacer en estos casos. Podía oler el alcohol que le salía por los poros, pero lo siguió mirando a pesar del asco. Él se incorporó y busco en sus bolsillos un billete arrugado que extendió temblorosamente frente a ella. ¿Sirve?, preguntó. Ella tomó el billete y con un suspiro de resignación le sirvió un trago más a aquel triste hombre.

miércoles, septiembre 24, 2008

Susurros

Sus labios susurran palabras que lentamente el viento lleva hasta mis oídos, palabras que ruegan, que piden, que exigen, que aman, que odian; palabras que se clavan en mi piel y que me dejan pequeñas heridas que no se vuelven a cerrar, pero con las que aprendo a vivir.
Se acerca a mí, abre la boca temblando un poco, le da vergüenza admitir que tiene miedo de que un día mis labios se despidan con un beso distante y que no vuelva a tocarlos nunca más, tiene miedo que una tarde sus labios susurren palabras y que no haya oídos para recibirlas, ni bocas dispuestas a contestar. Por eso cada noche, bajo la luz de la ciudad que atraviesa el ventanal, su piel exige la mía y la busca entre los pliegues de las sábanas extendiendo una mano tímida, como si no supiera que respuesta va a obtener, como si no supiera que un palmo más allá mi piel vibra cuando se acercan sus dedos y que por orgullo me resisto a tocarlo también.
Cada mañana al despedirse me toma las manos, me da un beso y muy despacio dice que me quiere mientras me sigue hasta la puerta, donde se vuelve a despedir, vuelve a susurrar y espera a que avance un poco y me voltee para decirme una última palabra tan despacio que el viento tiene que cargarla hasta mí. Es cada día lo mismo: las despedidas, los besos, los susurros. Esos susurros que hacen que me pierda en los contornos de su cuerpo y que me obligan a recorrerlos con los ojos, con los dedos, con los labios. A medida que me alejo de la casa no escapo sólo de él, sino de su influencia e intento avanzar con el corazón apretándose en mi pecho y en la cabeza sus palabras dando vueltas provocando nuevas heridas y recordándome las viejas.
Una mañana todo fue igual: besos y susurros, alegría y temor, el amor y el dolor, el odio y el placer, todo mezclado en unos segundos. Di pasos lentos y sentí la atracción de su cuerpo sobre el mío impidiéndome avanzar, pero cerré los ojos y continué. Sé que se dio cuenta cuando seguí avanzando sin voltear para despedirme por última vez y tuvo que quedarse con las palabras atoradas entre los dientes.
Mucho tiempo después de aquella vez, vagando entre las calles de la ciudad pude escuchar sus palabras llevadas por el viento tibio y las cicatrices que alguna vez me dejaron volvieron a escocer y a brillar con un rojo escarlata. Podría ser que aquellas palabras no hubiesen sido para mí y que mis oídos expertos en captarlas las atraparon por costumbre, no sé. Pero aquella noche, en la soledad de una habitación vacía, de una cama vacía, de una almohada que añoraba conocer el perfume de su cabello recordé sus ojos en la oscuridad cómplice que nos envolvía y extrañé la timidez con que su mano me buscaba por las noches. Lo vi envejecer entre amores esporádicos en los que no gastaba aliento, diciendo palabras blandas y vacías que no provocaban nada en nadie: ni heridas, ni caricias. Porque guardaba todas sus fuerzas para cada mañana susurrarle al viento las mismas palabras que antes me decía a mi para que así las esparza, pero éste pierde siempre el rumbo y las extravía entre el cemento y el smog, puesto que ahora ya no hay oídos dispuestos a escucharlas, ni labios preparados para responder.