Al comienzo caía lentamente en un letargo; por suerte, aún existía un momento de la noche en que Daniel podía ponerse a descansar. Un momento en que después de haber leído casi la mitad del libro de turno y de haber visto más televisión que en cualquier momento del día, las habilidades de Morfeo eran por fin efectivas, se le cerraban solos los párpados y no despertaba hasta la mañana siguiente.
Así fueron muchas de sus noches, desvelos tras desvelos, libros tras libros, películas tras películas. Desvelos, libros, películas y el techo de su cuarto que se dibujaba poco a poco en su mente. El nudo de la madera en la esquina, que junto a las líneas de la tabla, parecía un rostro que lo espiaba en sus noches de insomnio, la mancha de sangre del zancudo que había matado hace un montón de noches y que nunca se había dignado a limpiar. El cazador de sueños que le habían regalado en un cumpleaños y que se mecía suavemente sobre su cabeza, hubo noches en que, debido a la desesperación, llegó a pensar que era aquel artefacto el que no sólo cazaba sus sueños, sino también sus ganas de dormir, esas noches lo arrancaba del techo con un manotazo y lo lanzaba a los pies de la cama; dejando solamente el ganchito desnudo brillando tímidamente en la oscuridad de la habitación, como si no se atreviera a brillar más por miedo a ser arrancado también, entonces a Daniel lo asaltaba la tristeza y lloraba el resto de la noche hasta que el sueño lo vencía sin que se diera cuenta y despertaba al otro día con lágrimas secas en los ojos.
A medida que pasaba el tiempo y que ninguna solución llegaba, las horas de sueño se reducían poco a poco. Se obsesionó con los horarios incluso trataba de calcular el momento en que se dormía, pero siempre el sueño, si es que llegaba, lo invadía de improviso.
Según él mismo se había diagnosticado sufría de insomnio crónico, todo comenzó cuando tenía apenas quince años de una manera extraña. Tenía trece años y dormía plácidamente un domingo por la tarde en casa de sus abuelos. Por supuesto, no era el único que tomaba una siesta después de almuerzo, sino que la mayoría de los que en ese momento se encontraban en la casa: primos, tíos, hermanos, sus padres y abuelos, habían encontrado también un lugar para dormir y tendiéndose en los brazos del sueño hasta que la abuela se despertaba y con su suave campanita fuera danzando por todo el patio despertando a su descendencia. Daniel dormía en las ramas de una higuera, desde hace mucho tiempo había encontrado aquel escondite, tan alto que a veces las campanadas de su abuela no alcanzaban a llegar, más bien parecían caer al suelo como pequeñas gotas de lluvia sonora antes de alcanzar sus oídos. Pero aquella tarde fue diferente, su abuela no se había despertado aún cuando una pesadilla lo sacó de su sueño. Al despertarse se desorientó de tal forma que se había olvidado de donde se encontraba, entonces un mal movimiento lo devolvió a la realidad… y al suelo. Cayendo de golpe despertó a todos los que se hallaban en la casa. Pero Daniel había caído sobre la hierba suave y no tenía más heridas que unos pequeños rasguños en las rodillas, algunas magulladuras a la altura de la espalda y un simple, aunque singular orificio pequeñito en la palma de la mano, junto al dedo pulgar, por el que brotaba un pequeño hilito de sangre, que se detuvo en seguida con el jugo de limón que su abuela le administró en cada una de sus heridas. El incidente fue extraño, pero no generó mayor interés en la familia y todos siguieron sus vidas tranquilamente. Al otro día, cuando Daniel se despertó sintió un pequeño silbido provenir de algún lado en su habitación, pero por más que revisó las ventanas y las puertas, en aquel día de verano no corría ni una pequeña brisa. El silbido lo acompañó durante todo el día, hasta que al acostarse, fue Daniel a tomar el cepillo de dientes y este salió volando cuando acercó su mano derecha, allí entonces cayó en cuenta que el silbido venía del pequeño orificio que se había hecho el día anterior al caer del árbol.
Tardaron mucho en darse cuenta de que Daniel sufría de insomnio crónico, en un principio se llegó a pensar que no dormía debido a la gran cantidad de dules y chocolates que consumía y aunque le prohibieron comerlos el insomnio seguía allí y el silbido también, entonces fue un amigo de la familia, Román era su nombre, que conocía muy bien algunos casos extraños en el mundo quien asoció por primera vez el silbido con la falta de sueño, para ese entonces Daniel ya había cumplido los dieciocho años; Román explicó que una vez había viajado a Malasia y en un pueblito pequeño al sur de este país había conocido a una mujer que no dormía. Ella le había contado que empezó a dormir menos cuando el viento dentro de ella se escapó y que cuando ya no quedó nada más, ella dejó de dormir por completo. Las explicaciones de Román no tranquilizaron a Daniel y allí encomendó su vida en buscar una forma de detener que se le escapara el viento. Fue tanta su desesperación que llegó a taparse el orificio con engrudo y argamasa, pasando también por la arcilla y estando a punto de cementarse la mano.
Desesperadamente buscaron alguna forma para impedir que se le fuera el sueño, o para devolver el sueño perdido, en ese punto de su vida sólo dormía una hora al día. Pidió cita con los mejores siquiatras del país, con la esperanza de que los medicamentos le devolvieran la facultad perdida, pero todo fue inútil, no existía ninguna pastilla lo suficientemente fuerte para curar su grado de insomnio. Visitó todo tipo de doctores que pudieran curarle aquel orificio en la mano, pero cualquier cosa que le pusieran encima salía, literalmente, volando a los pocos minutos. Incluso llegó a ir a un dentista quien, luego de escuchar su explicación y su triste historia, accedió a “coronarle” la mano, con el fin de que así no se escapara más el aire, pero también fue inútil. Chamanes, brujas y hechiceros, especialista en ciencias ocultas, todo tipo de personajes, pero todo fue inútil. Daniel pasó años buscando una cura inexistente; finalmente, entre los estudios y la búsqueda de una cura no se percató de que el aire dentro de él se comenzaba a acabar y que dormía cada día menos. Al final cansado de tanto buscar y sin quererlo comenzó a sobrellevar la situación.
Pasaba las noches leyendo todo lo que la biblioteca de su padre tenía en esos tiempos; estudió biología, química y física, matemáticas y mucha literatura. Estudió inglés, francés, alemán, aprendió esperanto y también sánscrito. Se hizo diestro en muchas artes: la literatura siempre se le hizo fácil, escribió un montón de cuentos que anotaba a mano en cuadernos que guardaba en la bodega de su casa dentro de enormes cajas, aprendió a pintar y pasaba gran parte de la noche pintando, también incursionó en la escultura, compraba grandes trozos de mármol y esculpía día y noche sin parar, hasta formar verdaderas obras maestras. Aprendió a tocar la flauta traversa, el piano, el clavicordio, los timbales y el violín, tocaba y cantaba grandes arias de ópera durante noches enteras. Así fue su vida durante aproximadamente veinticinco años, para él el día y la noche se habían reducido a una cosa de luz y sombra, más que de descanso y actividad.
Cumplía cuarenta y cinco años ese día, el aire dentro de él se había acabado hace más de diez, en su casa se había formado una gran fiesta para celebrar, estaban todos sus amigos y algunos amigos de sus amigos, todos bailando o conversando en un ambiente de cálida confraternidad; había gente de todos los ámbitos de la cultura, de la política y hasta algunos personajes de la farándula televisiva. Daniel de pronto se sintió ajeno a todo aquello, habían pasado más de diez años desde la última vez que había dormido, aún podía recordar lo último que había soñado esa última vez, un mujer tan blanca como el brillo de la luna, recordaba su voz en el sueño, tan suave como el canto del ave más maravillosa, la recordaba tan cercana, tan de él, que sintió deseos de que todos se largaran para poder dormir un poco y soñar con ella.
Las luces del departamento se apagaron completamente, desde un lugar lejos de Daniel llegó el tímido resplandor de la primera velita que se prendía sobre el pastel, a medida que el brillo crecía lentamente, pudo observar como todos los asistentes lo miraban expectantes y sonrientes, entonces en aquella penumbra vio a la mujer de sus sueños, sonreía blancamente entre sus invitados, junto a su tío Román, supo que era ella por su blancura ingenua, de pronto todas las demás voces se callaron y dejaron de cantarle y sólo oyó la voz de aquella mujer como si estuviera ofreciéndole un concierto sólo a él. El recuerdo soñado de su voz se hizo real y rápidamente volvió a mezclarse con el resto de sonidos que había en la habitación. Pidió lo mismo en sus tres deseos y sopló las velitas con mucha fuerza. Al instante Román llegó a su lado, la mujer lo seguía atrás. Te quiero presentar a alguien, le dijo su tío cuando estuvo junto a él, Ella se llama Alicia y no sabes las ganas que tenía de conocerte. Román los presentó y disculpándose dijo que tenía otras cosas que hacer, otra vez su tío había cambiado por completo la vida de Daniel. Alicia tenía treinta y cinco años, de padre francés y madre chilena, venía llegando a Chile en el mismo vuelo en que había llegado Román, éste le había contado la extraña historia de Daniel y Alicia sorprendida le contó que su madre había sufrido lo mismo. Daniel descubrió entonces, que después de todo, su mal no era algo tan extraño.
Muchos años pasaron en que Daniel y Alicia no se separaron jamás, él se deleitaba viéndola dormir durante las noches, le creaba poemas que luego ella cantaba con su voz angelical, viajaban juntos, estudiaban juntos, ella se hizo una famosa cantante lírica en Chile y él nunca dejó de acompañarla. Se casaron cuando llevaban tres años juntos en una hermosa ceremonia a la orilla del mar. Tuvieron tres hijos: Gabrielle, la mayor heredó de su madre esa incomparablemente hermosa voz, Javier venía después y era una copia exacta de su padre y finalmente, nació Agnes, que en belleza y pureza no tenía nada que envidiarle a su madre. Sus hijos crecieron en un ambiente de cultura y aceptación. Crecieron felices y cada uno se desarrolló en el ambiente que pensó conveniente para sí mismos, Gabrielle fue una cantante hermosa como su madre, Javier, siguiendo los pasos de su padre, estudió literatura y con verdadera vocación comenzó a enseñarla. Anges, fue un poco más difícil en carácter, pero cuando maduró decidió su lugar con precaución.
Daniel había encontrado descanso por fin, no le importaba que no durmiera, porque todos sus sueños se habían cumplido, para qué quiere un hombre dormir cuando ya no necesita soñar. Sin embargo, todo eso cambió cuando Alicia murió. Fue una triste noche, veinticinco años después de que se conocieron, tenía sesenta años y el cáncer de mamas fue más fuerte que ella a su edad. Daniel se refugió en sus libros, no paraba de escribir en todo el día, escribió sobre ella y sobre como le hizo sentir, quería transmitir todo lo que había vivido a las demás personas, deseba dejar constancia en la historia de todo lo que había hecho, de todo lo que había sentido, de la increíble mujer que Alicia había sido y por eso no paró de escribir hasta que el cansancio lo venció. Yacía tirado en el piso de su biblioteca en estado de shock total, cuando Gabrielle lo encontró, miraba el techo de la habitación: una sala completamente de madera un millón de ‘cazadores de sueños’ se mecían con el viento que entraba por la ventana, los nudos de las tablas formaban rostros que miraban conmovidos el cuerpo de Daniel yacer allí tirado. Gabrielle lo levantó y le hizo volver en sí, Daniel la miró por un momento. Alicia, le dijo estirando el brazo para tocarle el rostro, Volviste, sabía que no me ibas a dejar, Si, Daniel, aquí estoy contigo, vamos, parémonos, le dijo Gabrielle tratando de incorporarse con su papá, no era la primera vez que en su locura senil la confundía con su madre. Hay algo que quiero contarte, le dijo Daniel sin levantarse, algo que te debería haber dicho antes de que te fueras, pero que nunca quise contarte. Gabrielle lo miró por un instante, su padre nunca había tenido esa expresión de cansancio y de desesperación, siempre se había mostrado como un hombre feliz y fuerte, pero ahora no era más que un chiquillo asustado…y esto fue lo que dijo:
Alicia, cuando nos conocimos yo no dormía hace diez años, siempre te dije que recordaba muy bien aquella última vez, que había tenido el sueño más importante de mi vida y que después de eso, no necesitaba volver a soñar. Todos los hombres sueñan con el momento de su muerte y yo, aunque no durmiera, no podía ser la excepción. Lo soñé la última vez que dormí, como un aviso de que no volvería a dormirme hasta que me llegara el momento. Soñé que te conocía por primera vez, tu pelo suave se posaba sobre tus hombros y te tapaba la mitad de la cara, tal como lo hace ahora, la luz del sol que entraba por las ventanas te brindaba esa extraña luminiscencia que siempre te ha acompañado, tus brazo me rodeaban el cuerpo y tu sonreías mientras me cantabas con esa voz tuya que amo. Esa voz que nuestras dos hijas heredaron y que espero haga tan feliz a otro hombre como me hizo a mí. Tú cantabas y yo oía tu voz salir como una leve brisa que me envolvía entero. Tú cantabas y yo sentía como tu voz me iba llenando poco a poco nuevamente. Tú cantabas y mis párpados se sentían cada vez más pesados y todo el cansancio de una vida completa se disipaba. Yo cerraba mis ojos y oía tu voz a lo lejos cantándome, tu voz me transportaba a otro mundo, me depositaba lentamente allí y dormía, dormía nuevamente, como no había dormido en tantos años y a la mañana siguiente estábamos juntos otra vez, el uno junto al otro. Juntos, como uno solo. Juntos otra vez, por ahora y para siempre.
Gabrielle oyó las palabras de su padre con atención, aquel momento era el que había sido soñado, pero no era su madre la que iba a cantar, sino ella. Su padre la miró suplicante y le pidió que le cantara, que lo llenara del aire que hace muchos años había perdido. Insistió otra vez, pero Gabrielle no sabía que hacer, entonces Daniel suplicó una vez más: Cántame, para dormir, estoy tan cansado y, por favor, quiero dormir. No te preocupes por mí, en el fondo de mi corazón se que es este el lugar y el momento para irme. Cántame, por favor… Entonces Gabrielle no pudo más y de su pecho brotó como el agua de una fuente, el sonido de su voz y cantó, cantó hasta que las fuerzas no le dieron para más y su padre poco a poco fue cerrando los ojos y en el mismo instante en que Gabrielle no pudo cantar más… se durmió.
The Smiths - Asleep