Cada tarde Andrea sale de su trabajo y camina veinticinco pasos a la izquierda para llegar hasta la esquina, luego son cinco cuadras hasta el metro; la primera la cruza en noventa y tres pasos si va apurada o en cien si tiene tiempo. La segunda son ochenta y siete, la tercera y la cuarta siempre superan los ciento diez, aunque llueva o haga mucho frío. En la quinta sólo alcanza a dar treinta y dos pasos antes de llegar a la primera escalera del metro. A los veinte pasos de la segunda cuadra, Don Daniel, la espera en su kiosco con un paquete de pañuelos desechables y otro con maní salado, a la mitad de la tercera, la señora Claudia le regala una de sus flores que huelen siempre a campo.
La primera escalera la pasa en cuarenta y cinco escalones y un total de diez pasos, la segunda sólo treinta y tres y llega al andén. Al pie de la escalera del andén son tres pasos hacía los rieles, diez hacia la parte delantera y allí toma la flor con fuerza y espera a que la misma mano cariñosa le tome del brazo y le diga en un susurro: Cuidado con la separación, entonces entran al vagón y, con disculpas y permisos, se abren paso entre la gente hasta situarse entre las dos filas de asientos, frente a la ventana.
Desde la estación en que Andrea se sube son diecisiete más hasta que se baja. Las tres primeras prefiere no moverse, porque la gente va tan apretada que cualquier movimiento incomoda, a la cuarta abre el paquete de maní y se demora casi cinco en terminárselo. Si tiene suerte y alguien le cede el asiento, se va el resto del viaje sentada, divertida mientras oye las conversaciones de los demás o canta alguna canción pegajosa en silencio, si anda contenta a veces la tararea un poco más fuerte. Al llegar a la penúltima de sus estaciones se pone de pie y se para frente a la puerta, mentaliza los pasos que va a dar: seis hacia delante, tres a la derecha y entonces la escalera: siete peldaños, tres pasos, seis peldaños, tres pasos, ocho peldaños y el suelo… La voz proviene desde un costado de la puerta y anuncia que han llegado a la estación, entonces antes de que las puertas se abran Andrea se mira en el vidrio, se arregla el peinado y avanza, siempre contando los pasos.