jueves, diciembre 31, 2009
Pobre hombre
miércoles, noviembre 25, 2009
Vuelve
Cuando debía nacer nuestra primavera, yo elegí vivir mi invierno, mi infierno. No sé cuando volveré a reír, no sé cuando volveré a ver con amor lo que me rodea. Es que todo lo que toco, todo lo que hago, todo lo que tengo me recuerda a ti y duele. Duele saber que emprendiste un viaje sin regreso, duele saber que me dejaste al olvido como una buena historia, buenos momentos, pero momentos pasados que jamás volverán. Quiero pensar que me llevas aún contigo, deseo que mientras caminas por ese sendero algún giro te traiga de vuelta y te topes conmigo para poder abrazarte, besarte y decirte cuanto aún te amo. Pero soy ingenuo, leo tus escritos y es una forma de tenerte cerca, aunque estés tan lejos y busco algún mensaje entre tus palabras y no logro convencerme de que para mí ya no hay letras, ni palabras cargadas de amor, ni siquiera de odio. Sólo el olvido.
viernes, noviembre 06, 2009
Nada más
La noche ya termina y no sé cómo, pero descanso en tus brazos, no hemos dicho nada aún. Sólo te abrazo sin soltarte y aprovecho de sentir tu piel. Porque cuando salga el sol tendremos que volver a vernos las caras y las lágrimas que durante la noche no derramamos, se escaparán inevitablemente de nuestros ojos.
miércoles, mayo 13, 2009
Lo siento
El semáforo da rojo, le tiemblan las manos y tiene un palpitar horrible en la sien. Puede saborear la tinta de cada una de las palabras que aún permanecen atoradas entre sus dientes. Sólo desea llegar pronto a su casa y meterse bajo las sábanas, para olvidarse de todo y perderse en su propio mundo de fantasía.
Sigue avanzando, en siete interminables minutos está de regreso en su hogar. La soledad lo recibe con una frialdad implacable. Se recuesta sobre la cama y se lanza a llorar. No puede parar. Llora tinta y rabia. Llora amor y llora odio por sí mismo. La calma la trae medio Ravotril que encuentra sobre su velador, se duerme.
A la noche siguiente el teléfono no ha sonado aún y se resigna. Toma un lápiz y papel y camina hasta el balcón, enciende un cigarrillo que no logra terminarse. En una hoja escribe con letras grandes: Lo siento. Avanza hasta el borde y deja que el viento se lleve el pedazo de papel. Nunca fue bueno hablando, siempre prefirió escribir, porque así podía ordenar de mejor manera sus pensamientos caóticos y sin sentido. La caja entera de Ravotril fue suficiente para dormir y no volver a salir de su propio mundo de fantasías.
jueves, abril 02, 2009
Nubes
Qué triste como te despides por última vez antes de voltearte y desaparecer por la puerta. Que triste como a medida que te alejas dejo de sentir pasión o ese sufrimiento tan propio del amor. Morirá lentamente este sentimiento. Siento mi cuerpo vaciarse, siento como se me apaga el alma. Sé no habrá nada que pueda decir para que te quedes y sé que llegará un momento en que ya no sentiré nada… Ni siquiera cuando te recuerde, mientras el sol entra por la ventana de mi cuarto y golpeé mi rostro, porque aunque en mis ojos tenga la impresión que llueve, el cielo estará limpio de nubes.
lunes, enero 05, 2009
Debes saber
Debes saber que cuando la noche sea cruel y la luna te niegue su regazo, que cuando las lágrimas quiebren la templanza de tu rostro como un río que asalta la quietud de una planicie, mis brazos permanecerán siempre abiertos para que encuentres en ellos cobijo y consuelo.
Debes saber que cuando mis torpes manos se pierdan por las líneas de tu cuerpo, será porque buscan un lugar que ya no les pertenece. Debes saber que aunque las dudas que se arrancan de tu cabeza, aten mis manos a tu cuerpo, saben ellas muy bien que sólo están ahí de paso y que en cuanto el sol salga y con sus rayos te brinde el cobijo que la luna plateada te había negado, deberán cortar las raíces que durante la noche en tu cabello echaron y así dejar el espacio libre para que otros dedos ocupen su lugar.
martes, octubre 14, 2008
Caballos Nocturnos
Sofía se despertó abrazada a Daniel, se levantó y le acarició con ternura, Daniel se incorporó y contempló las facciones de la mujer con que acababa de dormir. Tuve una pesadilla, murmuró Sofía al oído de Daniel. ¿Cuál?, preguntó éste. No sé… nada… sólo veía que te levantabas y te vestías… Hizo una pausa en que aprovecharon de besarse, Luego, sólo te ibas y no nos volvíamos a ver más, Eso no es una pesadilla, Lo es si se hace realidad. Daniel suspiró intentando no demostrar sus pensamientos internos, ella esperaba que él confirmase que ese mal sueño nunca se haría realidad; tenía los labios entreabiertos, la mirada ansiosa y en su respirar se adivinaba una agitación que no había presentado nunca antes frente a Daniel, ni siquiera cuando sus cuerpos se rozaban movidos por los hilos del deseo y de la inconsciencia etílica. Se conocían desde principios de año, pero todo contacto entre ellos se reducía a las miradas furtivas que se daban en los pasillos de la universidad, en ese entonces ya se deseaban, aunque por motivos diferentes: cuando Sofía miraba a Daniel veía en él un proyecto de marido, un hombre que la mimara, que le brindase una nueva vida, nuevas experiencias, nuevos mundos; por el contrario, Daniel sólo veía en ella una mujer hermosa que serviría para aliviar un poco el cansancio de una vida llena de confusiones y oscuridad…
A veces… el alcohol hace soñar cosas extrañas, comentó Daniel al cabo de un rato e intentó besarla, pero antes de que sus labios se tocaran Sofía se levantó y fue hasta la ventana. Encendió un cigarrillo.
El reloj de la pared marcó las diez en punto cuando, a medida que corría un poco la cortina para que el cuarto se iluminara, Sofía dijo: Igual… despertarse de una pesadilla es lo mejor… como darse cuenta de que sólo ha sido eso, abrir los ojos y ver la luz del sol, después de la noche oscura y llena de fantasmas… no sé, me dan ganas de cantar, dijo ella corriendo la cortina. Daniel también encendió un cigarro y se enderezó quedando con la espalda apoyada en la pared y los pies colgando, las volutas de humo que brotaban de su boca formaban extraños patrones en el aire enrarecido de la habitación.
»Genial que pienses así, Sofía, como si el solo hecho de despertar borrase todo lo que te aqueja… como si la luz del sol disipase tus miedos y temores, y solo quisieras levantarte y cantar aleluyas para agradecerle a Dios que luego de la terrible noche venga el día. Daniel pronunciaba cada palabra con un poco de ira, pero con mucho cuidado, continuó mientras el cigarrillo se consumía en sus labios. Pero… ¿qué queda para los que nos ocultamos en la oscuridad de la noche? ¿Qué se puede hacer cuando el mal sueño es la vida misma? Cuando dormir es, en efecto, el escape perfecto a una vida que no hace más que ponerte trabas y hacerte dudar. Dormir, solamente porque hay una esperanza - eso no más una esperanza- de que se pueda soñar algo distinto a la vida. No entenderías, para ustedes las pesadillas no son más que caballos nocturnos que pasan veloces e intermitentes por sus vidas. En cambio nuestra vida es una pesadilla, como si los caballos de la noche estuvieran siempre galopando sobre nuestras cabezas.
» ¿Qué podemos hacer cuando la luz del sol cada mañana nos muestre aquello que no queremos ver y los ojos de nuestra alma, que no se cierran, se quemen y ardan? ¿Qué queda para aquellos que como yo, no nos queda otra opción que ocultarnos en la noche oscura? No hay cantos de alabanza para aquellos que fuimos condenados a una vida de oscuridad. ¿Habrá, entonces, un despertar para nosotros? ¿Será la muerte el único despertar que tenemos? Me aterra pensarlo, yo no quiero morir… aún. Hizo una pausa breve en la que miró el cigarrillo que seguía consumiéndose. En parte, por eso fumo, para matarme lentamente, pues soy muy cobarde para hacerlo rápido, muy cobarde para tomar un cuchillo y clavármelo en el pecho, muy cobarde para saltar de un edificio y volar, sentirme libre de nuevo sin que el galope me atormente… Muy cobarde… Yo quiero encontrar un despertar en esta vida, quiero poder mirar por la ventana y decir: “Qué rico es cuando despiertas de un mal sueño”, quiero tener ganas de cantar aunque tenga que comenzar una vida nueva, porque los caballos de la noche aplastaron la anterior…
Daniel dejó de hablar porque el último poco de ceniza se desprendió del cigarrillo y había abierto un agujero en la sábana, en el colchón y en su piel. Sofía se había vestido sin dejar de escuchar a Daniel y lo observaba de pie frente a él asustada, sorprendida y sin saber que hacer. En realidad, ambos estaban sorprendidos, Sofía nunca lo había escuchado a él hablar tanto de corrido, ni Daniel tampoco le había dicho a alguien a lo que se sentía condenado. La verborrea siempre lo traicionaba, toda la vida su mente le había jugado en contra, en parte por eso se había convertido en un condenado, sólo cuando dejaba de pensar podía sentirse tranquilo, sólo cuando la luz del sol no le mostrara lo que de verdad era...
Daniel, eres un hueón súper extraño, dijo Sofía finalmente y dando media vuelta se fue; Daniel no intentó detenerla mientras ella abría la puerta, ni tampoco apareció corriendo cuando Sofía esperaba al ascensor y, si bien es cierto, se levantó y fue hasta la ventana, no fue para ver con nostalgia o remordimiento a Sofía alejarse caminando, tampoco lo hizo para agradecerle a Dios por el nuevo día que le brindaba, ni para observar la vida de sus vecinos… sino para, simplemente, cerrar la cortina que había quedado abierta y así poder volver a sumirse en la calma parcial que la oscuridad le brindaba a un alma condenada como la de él.
miércoles, septiembre 24, 2008
Susurros
Se acerca a mí, abre la boca temblando un poco, le da vergüenza admitir que tiene miedo de que un día mis labios se despidan con un beso distante y que no vuelva a tocarlos nunca más, tiene miedo que una tarde sus labios susurren palabras y que no haya oídos para recibirlas, ni bocas dispuestas a contestar. Por eso cada noche, bajo la luz de la ciudad que atraviesa el ventanal, su piel exige la mía y la busca entre los pliegues de las sábanas extendiendo una mano tímida, como si no supiera que respuesta va a obtener, como si no supiera que un palmo más allá mi piel vibra cuando se acercan sus dedos y que por orgullo me resisto a tocarlo también.
Cada mañana al despedirse me toma las manos, me da un beso y muy despacio dice que me quiere mientras me sigue hasta la puerta, donde se vuelve a despedir, vuelve a susurrar y espera a que avance un poco y me voltee para decirme una última palabra tan despacio que el viento tiene que cargarla hasta mí. Es cada día lo mismo: las despedidas, los besos, los susurros. Esos susurros que hacen que me pierda en los contornos de su cuerpo y que me obligan a recorrerlos con los ojos, con los dedos, con los labios. A medida que me alejo de la casa no escapo sólo de él, sino de su influencia e intento avanzar con el corazón apretándose en mi pecho y en la cabeza sus palabras dando vueltas provocando nuevas heridas y recordándome las viejas.