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jueves, diciembre 31, 2009

Pobre hombre

Eras un hombre perfecto. El mejor en lo tuyo. ¿Qué pasó entonces? Si trataste de hacer siempre lo correcto, de tomar siempre la mejor decisión. ¿Por qué salió todo mal? Es posible que el destino no haya querido tu fortuna, pero sabes bien lo que pasó, lo que hiciste y ahora sólo queda resignarse.
Pobre hombre sin alma, prisionero de tu propia mente. Pobre marchito girasol, esclavo de la blanca luz.
Elegiste detenerte y probar, cuando lo único que debías hacer era continuar. ¿Quién te pidió que tomaras decisiones? ¿Quién fue? ¡Dilo!
Necesitabas luz, ¿cierto? Mas el precio por ella es más alto de lo que parece, más alto de lo que dicen, ahí caíste en el abismo. ¡Estúpido! No debes tomar esas decisiones, sólo debes obedecer y aunque te equivocaste y es válido, no hay forma ya de arreglarlo, es demasiado tarde, ni siquiera el falso llanto ayudará.
Pobre maldito hombre sin alma, esclavo de tus decisiones. Pobre animal perdido que actúa por instinto.
Volviste otra vez, sabía que lo harías, pero de verdad creíste que te ayudaría. Por favor, hazte cargo de tus elecciones, de tus equivocaciones. Ya nadie te cree, ya todos te conocen y ya nadie confía en ti. El alma siempre va redescubriendo razones que creía olvidadas. Lástima que la hayas vendido, ahora no eres más que cerebro y piel. ¿Aún puedes sentir sin corazón?
Pobre hombre sin alma, así eres, así te quedarás.
¡Qué pena! Eres una vergüenza, das lástima sentado ahí, intentando sonreír, mientras por dentro te pudres lentamente, mientras todo el mundo se ríe de ti. Pude haberte ayudado mucho, ya lo sabías, te habías dado cuenta y aún así no hiciste nada diferente, cuántas oportunidades desechadas, cuánto tiempo perdido, cuánto sufrimiento innecesario.
Pobre estúpido girasol ¿aún buscas la luz del sol? Pobre hombre, pobre animal, para siempre condenado. Condenado a vagar, a necesitar ayuda y a no ser capaz de pedirla. Condenado a sufrir, porque nadie podrá ayudarte, nada te devolverá tu forma original.
Pobre marchito girasol, pobre hombre sin alma, pobre animal perdido. ¿Te doy un consejo? Cierra tus ojos y no vuelvas nunca más a abrirlos, por favor, no vuelvas a abrirlos.

miércoles, noviembre 25, 2009

Vuelve

Aunque me niegues escuchar tu voz o tu risa. Aunque me prohíbas hablarte, ver tu rostro, tu sonrisa, sentir tu cuerpo. Aunque no dejes que me acerque a tu alma. Siento que aún me perteneces, como le pertenece el viento a la noche o el mar a la luna.
Cuando debía nacer nuestra primavera, yo elegí vivir mi invierno, mi infierno. No sé cuando volveré a reír, no sé cuando volveré a ver con amor lo que me rodea. Es que todo lo que toco, todo lo que hago, todo lo que tengo me recuerda a ti y duele. Duele saber que emprendiste un viaje sin regreso, duele saber que me dejaste al olvido como una buena historia, buenos momentos, pero momentos pasados que jamás volverán. Quiero pensar que me llevas aún contigo, deseo que mientras caminas por ese sendero algún giro te traiga de vuelta y te topes conmigo para poder abrazarte, besarte y decirte cuanto aún te amo. Pero soy ingenuo, leo tus escritos y es una forma de tenerte cerca, aunque estés tan lejos y busco algún mensaje entre tus palabras y no logro convencerme de que para mí ya no hay letras, ni palabras cargadas de amor, ni siquiera de odio. Sólo el olvido.

viernes, noviembre 06, 2009

Nada más

Ahora no queda nada más que decirnos, cualquier palabra que de nuestras bocas salga se perderá en la oscuridad de la habitación y se hará trizas cuando golpeé el suelo. Aquí acostados no somos más que dos siluetas que intentan adivinar la expresión en el rostro del otro. No me tocas, pero sé que deseas hacerlo. No te beso, pero me muero por hacerlo. A veces, el orgullo herido puede más que el amor y aunque el dolor físico se olvide más rápidamente, son las heridas del alma las que perduran en el tiempo, pues no existen ni pastillas, ni ungüentos para sus aflicciones.
La noche ya termina y no sé cómo, pero descanso en tus brazos, no hemos dicho nada aún. Sólo te abrazo sin soltarte y aprovecho de sentir tu piel. Porque cuando salga el sol tendremos que volver a vernos las caras y las lágrimas que durante la noche no derramamos, se escaparán inevitablemente de nuestros ojos.

miércoles, mayo 13, 2009

Lo siento

Las luces de los otros autos pasan rápidas frente a sus ojos, extendiéndose como pequeños rayos que parecen no extinguirse. Está desconcertado, avanza por la carretera sin poder sacarse ninguna palabra de la mente… ni de la piel. Se siente herido, como un escorpión que ante una amenaza se entierra su propia cola, porque aunque luego el supuesto peligro pase, la herida queda hecha. Sabe que actuó mal, sabe que no debió decir lo que dijo, pero no es bueno pidiendo disculpas, las palabras no suelen salir de su boca de la forma en que le gustaría, sino que se atropellan unas a otras y por lo general salen las que realmente no quería que salieran.
El semáforo da rojo, le tiemblan las manos y tiene un palpitar horrible en la sien. Puede saborear la tinta de cada una de las palabras que aún permanecen atoradas entre sus dientes. Sólo desea llegar pronto a su casa y meterse bajo las sábanas, para olvidarse de todo y perderse en su propio mundo de fantasía.
Sigue avanzando, en siete interminables minutos está de regreso en su hogar. La soledad lo recibe con una frialdad implacable. Se recuesta sobre la cama y se lanza a llorar. No puede parar. Llora tinta y rabia. Llora amor y llora odio por sí mismo. La calma la trae medio Ravotril que encuentra sobre su velador, se duerme.
A la noche siguiente el teléfono no ha sonado aún y se resigna. Toma un lápiz y papel y camina hasta el balcón, enciende un cigarrillo que no logra terminarse. En una hoja escribe con letras grandes: Lo siento. Avanza hasta el borde y deja que el viento se lleve el pedazo de papel. Nunca fue bueno hablando, siempre prefirió escribir, porque así podía ordenar de mejor manera sus pensamientos caóticos y sin sentido. La caja entera de Ravotril fue suficiente para dormir y no volver a salir de su propio mundo de fantasías.

jueves, abril 02, 2009

Nubes

Qué triste como te despides por última vez antes de voltearte y desaparecer por la puerta. Que triste como a medida que te alejas dejo de sentir pasión o ese sufrimiento tan propio del amor. Morirá lentamente este sentimiento. Siento mi cuerpo vaciarse, siento como se me apaga el alma. Sé no habrá nada que pueda decir para que te quedes y sé que llegará un momento en que ya no sentiré nada… Ni siquiera cuando te recuerde, mientras el sol entra por la ventana de mi cuarto y golpeé mi rostro, porque aunque en mis ojos tenga la impresión que llueve, el cielo estará limpio de nubes.

lunes, enero 05, 2009

Debes saber

Debes saber que cuando la noche sea cruel y la luna te niegue su regazo, que cuando las lágrimas quiebren la templanza de tu rostro como un río que asalta la quietud de una planicie, mis brazos permanecerán siempre abiertos para que encuentres en ellos cobijo y consuelo.

Debes saber que cuando mis torpes manos se pierdan por las líneas de tu cuerpo, será porque buscan un lugar que ya no les pertenece. Debes saber que aunque las dudas que se arrancan de tu cabeza, aten mis manos a tu cuerpo, saben ellas muy bien que sólo están ahí de paso y que en cuanto el sol salga y con sus rayos te brinde el cobijo que la luna plateada te había negado, deberán cortar las raíces que durante la noche en tu cabello echaron y así dejar el espacio libre para que otros dedos ocupen su lugar.

martes, octubre 14, 2008

Caballos Nocturnos

Sofía se despertó abrazada a Daniel, se levantó y le acarició con ternura, Daniel se incorporó y contempló las facciones de la mujer con que acababa de dormir. Tuve una pesadilla, murmuró Sofía al oído de Daniel. ¿Cuál?, preguntó éste. No sé… nada… sólo veía que te levantabas y te vestías… Hizo una pausa en que aprovecharon de besarse, Luego, sólo te ibas y no nos volvíamos a ver más, Eso no es una pesadilla, Lo es si se hace realidad. Daniel suspiró intentando no demostrar sus pensamientos internos, ella esperaba que él confirmase que ese mal sueño nunca se haría realidad; tenía los labios entreabiertos, la mirada ansiosa y en su respirar se adivinaba una agitación que no había presentado nunca antes frente a Daniel, ni siquiera cuando sus cuerpos se rozaban movidos por los hilos del deseo y de la inconsciencia etílica. Se conocían desde principios de año, pero todo contacto entre ellos se reducía a las miradas furtivas que se daban en los pasillos de la universidad, en ese entonces ya se deseaban, aunque por motivos diferentes: cuando Sofía miraba a Daniel veía en él un proyecto de marido, un hombre que la mimara, que le brindase una nueva vida, nuevas experiencias, nuevos mundos; por el contrario, Daniel sólo veía en ella una mujer hermosa que serviría para aliviar un poco el cansancio de una vida llena de confusiones y oscuridad…

A veces… el alcohol hace soñar cosas extrañas, comentó Daniel al cabo de un rato e intentó besarla, pero antes de que sus labios se tocaran Sofía se levantó y fue hasta la ventana. Encendió un cigarrillo.

El reloj de la pared marcó las diez en punto cuando, a medida que corría un poco la cortina para que el cuarto se iluminara, Sofía dijo: Igual… despertarse de una pesadilla es lo mejor… como darse cuenta de que sólo ha sido eso, abrir los ojos y ver la luz del sol, después de la noche oscura y llena de fantasmas… no sé, me dan ganas de cantar, dijo ella corriendo la cortina. Daniel también encendió un cigarro y se enderezó quedando con la espalda apoyada en la pared y los pies colgando, las volutas de humo que brotaban de su boca formaban extraños patrones en el aire enrarecido de la habitación.

»Genial que pienses así, Sofía, como si el solo hecho de despertar borrase todo lo que te aqueja… como si la luz del sol disipase tus miedos y temores, y solo quisieras levantarte y cantar aleluyas para agradecerle a Dios que luego de la terrible noche venga el día. Daniel pronunciaba cada palabra con un poco de ira, pero con mucho cuidado, continuó mientras el cigarrillo se consumía en sus labios. Pero… ¿qué queda para los que nos ocultamos en la oscuridad de la noche? ¿Qué se puede hacer cuando el mal sueño es la vida misma? Cuando dormir es, en efecto, el escape perfecto a una vida que no hace más que ponerte trabas y hacerte dudar. Dormir, solamente porque hay una esperanza - eso no más una esperanza- de que se pueda soñar algo distinto a la vida. No entenderías, para ustedes las pesadillas no son más que caballos nocturnos que pasan veloces e intermitentes por sus vidas. En cambio nuestra vida es una pesadilla, como si los caballos de la noche estuvieran siempre galopando sobre nuestras cabezas.

» ¿Qué podemos hacer cuando la luz del sol cada mañana nos muestre aquello que no queremos ver y los ojos de nuestra alma, que no se cierran, se quemen y ardan? ¿Qué queda para aquellos que como yo, no nos queda otra opción que ocultarnos en la noche oscura? No hay cantos de alabanza para aquellos que fuimos condenados a una vida de oscuridad. ¿Habrá, entonces, un despertar para nosotros? ¿Será la muerte el único despertar que tenemos? Me aterra pensarlo, yo no quiero morir… aún. Hizo una pausa breve en la que miró el cigarrillo que seguía consumiéndose. En parte, por eso fumo, para matarme lentamente, pues soy muy cobarde para hacerlo rápido, muy cobarde para tomar un cuchillo y clavármelo en el pecho, muy cobarde para saltar de un edificio y volar, sentirme libre de nuevo sin que el galope me atormente… Muy cobarde… Yo quiero encontrar un despertar en esta vida, quiero poder mirar por la ventana y decir: “Qué rico es cuando despiertas de un mal sueño”, quiero tener ganas de cantar aunque tenga que comenzar una vida nueva, porque los caballos de la noche aplastaron la anterior…

Daniel dejó de hablar porque el último poco de ceniza se desprendió del cigarrillo y había abierto un agujero en la sábana, en el colchón y en su piel. Sofía se había vestido sin dejar de escuchar a Daniel y lo observaba de pie frente a él asustada, sorprendida y sin saber que hacer. En realidad, ambos estaban sorprendidos, Sofía nunca lo había escuchado a él hablar tanto de corrido, ni Daniel tampoco le había dicho a alguien a lo que se sentía condenado. La verborrea siempre lo traicionaba, toda la vida su mente le había jugado en contra, en parte por eso se había convertido en un condenado, sólo cuando dejaba de pensar podía sentirse tranquilo, sólo cuando la luz del sol no le mostrara lo que de verdad era...

Daniel, eres un hueón súper extraño, dijo Sofía finalmente y dando media vuelta se fue; Daniel no intentó detenerla mientras ella abría la puerta, ni tampoco apareció corriendo cuando Sofía esperaba al ascensor y, si bien es cierto, se levantó y fue hasta la ventana, no fue para ver con nostalgia o remordimiento a Sofía alejarse caminando, tampoco lo hizo para agradecerle a Dios por el nuevo día que le brindaba, ni para observar la vida de sus vecinos… sino para, simplemente, cerrar la cortina que había quedado abierta y así poder volver a sumirse en la calma parcial que la oscuridad le brindaba a un alma condenada como la de él.

miércoles, septiembre 24, 2008

Susurros

Sus labios susurran palabras que lentamente el viento lleva hasta mis oídos, palabras que ruegan, que piden, que exigen, que aman, que odian; palabras que se clavan en mi piel y que me dejan pequeñas heridas que no se vuelven a cerrar, pero con las que aprendo a vivir.
Se acerca a mí, abre la boca temblando un poco, le da vergüenza admitir que tiene miedo de que un día mis labios se despidan con un beso distante y que no vuelva a tocarlos nunca más, tiene miedo que una tarde sus labios susurren palabras y que no haya oídos para recibirlas, ni bocas dispuestas a contestar. Por eso cada noche, bajo la luz de la ciudad que atraviesa el ventanal, su piel exige la mía y la busca entre los pliegues de las sábanas extendiendo una mano tímida, como si no supiera que respuesta va a obtener, como si no supiera que un palmo más allá mi piel vibra cuando se acercan sus dedos y que por orgullo me resisto a tocarlo también.
Cada mañana al despedirse me toma las manos, me da un beso y muy despacio dice que me quiere mientras me sigue hasta la puerta, donde se vuelve a despedir, vuelve a susurrar y espera a que avance un poco y me voltee para decirme una última palabra tan despacio que el viento tiene que cargarla hasta mí. Es cada día lo mismo: las despedidas, los besos, los susurros. Esos susurros que hacen que me pierda en los contornos de su cuerpo y que me obligan a recorrerlos con los ojos, con los dedos, con los labios. A medida que me alejo de la casa no escapo sólo de él, sino de su influencia e intento avanzar con el corazón apretándose en mi pecho y en la cabeza sus palabras dando vueltas provocando nuevas heridas y recordándome las viejas.
Una mañana todo fue igual: besos y susurros, alegría y temor, el amor y el dolor, el odio y el placer, todo mezclado en unos segundos. Di pasos lentos y sentí la atracción de su cuerpo sobre el mío impidiéndome avanzar, pero cerré los ojos y continué. Sé que se dio cuenta cuando seguí avanzando sin voltear para despedirme por última vez y tuvo que quedarse con las palabras atoradas entre los dientes.
Mucho tiempo después de aquella vez, vagando entre las calles de la ciudad pude escuchar sus palabras llevadas por el viento tibio y las cicatrices que alguna vez me dejaron volvieron a escocer y a brillar con un rojo escarlata. Podría ser que aquellas palabras no hubiesen sido para mí y que mis oídos expertos en captarlas las atraparon por costumbre, no sé. Pero aquella noche, en la soledad de una habitación vacía, de una cama vacía, de una almohada que añoraba conocer el perfume de su cabello recordé sus ojos en la oscuridad cómplice que nos envolvía y extrañé la timidez con que su mano me buscaba por las noches. Lo vi envejecer entre amores esporádicos en los que no gastaba aliento, diciendo palabras blandas y vacías que no provocaban nada en nadie: ni heridas, ni caricias. Porque guardaba todas sus fuerzas para cada mañana susurrarle al viento las mismas palabras que antes me decía a mi para que así las esparza, pero éste pierde siempre el rumbo y las extravía entre el cemento y el smog, puesto que ahora ya no hay oídos dispuestos a escucharlas, ni labios preparados para responder.