lunes, marzo 12, 2007

Jazmín

Las calles oscuras no opacan el blanco resplandor de su caminar, al contrario sirven de perfecto marco para el cuadro que provoca en cada lugar que su figura triste se posa.

La ciudad gris no absorbe su sobresaliente color: su abrigo blanco, su sombrero dorado y el toque elegante que imprime un tulipán que descansa aferrado a una cinta de raso negra.

La gente se voltea al verla avanzar y todas las miradas recaen sobre ella cuando se sienta en la misma banca del mismo parque cada día. Yo también la observo. El paisaje verde y gris de los árboles de otoño le ofrecen otro tipo de marco diferente. Camino a su alrededor, dando círculos, mirando cada uno de sus ángulos, adorándolos.

Mientras doy vueltas la voz de mi abuela se repite en mi cabeza:

“Habia una vez – empieza a contar – un suave jazmín, lleno de ternura y pureza, repartía su suavidad a todos en el bosque que habitaba; se mecía con el suave viento y coqueteaba con los rayos de sol que la visitaban cada día, sonriendo, jugando, irradiando, regalando su ternura. Tanta era la admiración que todos sentían por ella que desde lejanos lugares del mundo llegaban animales para verla.
”Sin embargo, habia un cuervo que, desde un árbol cercano al hogar de la dulce flor, le observaba durante varias horas al día. Celosamente custodiaba su pequeño amor, enamorado. Tan cegado por su obsesión estaba que en su locura decidió llevarse a la flor lejos, para que sólo él pudiese admirarla y su diáfana pureza lo llenase solamente a él. Entonces, un día de noche cuando todos dormían, arrancó la dulce flor de su refugio en la tierra y voló, voló hasta que nadie pudo encontrarlos jamás.
”La mañana siguiente, los animales del bosque desesperados por la ausencia de su amiga comenzaron la búsqueda, pero no consiguieron nada. Al poco tiempo, ya nadie viajaba de lejos para ver el bosque y a la pequeña flor…lentamente los animales desaparecieron y el bosque junto a ellos…
”El cuervo, por su parte, llevó al jazmín a un lugar apartado sin pensar en lo que esto provocaría, ni tampoco que su celosa y privada felicidad duraría tan poco tiempo, pues, poco a poco, la belleza y juventud de la flor la abandonaron hasta que solo se convirtió en el recuerdo de lo que fue alguna vez…- la voz de mi abuela se detenía por unos segundos y se escuchaba un niñito preguntar por el cuervo a lo que mi abuela respondía – …murió de pena y locura.”


Al apagarse la voz en mi cabeza, mis pasos comenzaron a acercarse a ella suavemente, hasta que llegué a su lado.

- Pareces una flor en un bosque obscuro – hablé cuando estuve aún más cerca.

Me miró con su ojos de miel y sonrió irónicamente sin contestar, entonces una parte de mi negro abrigo rodeó su cuerpo y me senté junto a ella. Un largo silencio nos envolvió.

- Eres una flor… – aseguré esta vez.

- ¿Y tú que eres? – preguntó de pronto tomándome la mano.

- ¿Qué soy? - exclamé desconcertado.

Recordé la historia de mi abuela, tomé su mano y la alejé volando de su lugar en aquel parque lúgubre, para no volver jamás.

sábado, marzo 03, 2007

Desconocidos

Era un día triste cuando se vieron por primera vez en un café del centro de la ciudad, desde ese día empezaron la rutina de encontrarse siempre a la misma hora y en ese mismo café. Luego de unos cuantos encuentros, en sus mentes comenzaron a gestarse fantasías propias que desarrollaban sólo con miradas seductoras, generalmente sosteniendo una taza con café o un cigarrillo en la mano. Vestían siempre de trajes elegantes, como ejecutivos.; ella usaba un traje de dos piezas: un pantalón o una falda, con corte vertical que dejaba ver sus blancas y largas piernas, y una chaqueta o una blusa escotada; él siempre de traje Armani, en diferentes colores y estilos. Acostumbraban a mirarse desde lejos, a tres mesas de distancia, y parecían comerse con los ojos; amantes en sus sueños y en sus mentes, cómplices de un amor extraño e incomprensible para los demás, eran dueños de un amor que no era amor y de fantasías irrealizables.

Un día llegó ella al café de siempre, en el horario acostumbrado. Esperándola se encontraba él, como siempre sentado a tres mesas de distancia, se miraban como siempre, pero los ojos de él que acostumbraban a tener lascivia desbordante, ahora la miraban con compasión y un poco de tristeza. Él se puso de pie y caminó hacía ella, la saludó seguro, ella lo miró nerviosa – era primera vez que oían sus voces – y repitió el saludo. Se sentó junto a ella y bebió un sorbo del café que sostenía en la mano. “Discúlpame” dijo con su voz roca y tranquila, ella se sentía nerviosa. “¿Por qué?” preguntó ella sobreponiéndose a sus nervios, él miró sonriendo tristemente y contestó de forma melancólica que al día siguiente se iría a otra ciudad y se casaría con otra mujer, ella sólo bajó la vista pero no respondió, ni dijo nada. Se puso de pie solamente y salió del café, dejando una taza olvidada repleta de líquido marrón en la mesa de siempre, en el café de siempre.

El día siguiente a la misma hora y en el mismo café, se pudo sentir la ausencia de los amantes silencioso que desnudaban con la mirada y se tocaban a la distancia, no hubo el típico expresso de él, ni el capuccino que ella tomaba diariamente. Él tomaba su café acostumbrado mientras miraba por la ventana de un avión, tratando de imaginarse sentado en su asiento de siempre, mirando a la mujer que bebía de pequeños sorbos su capuccino, pero ella no se encontraba en el café tampoco y no hubo nadie que pidiera un capuccino por ella, pues desde ahora ella sólo bebería el agua que se filtra de las flores que descansan sobre sus cabellos de oro.