lunes, febrero 09, 2009

Palabras a Lucía de Siracusa

No importa que por despecho el hombre prometido acuse ante sus jueces la promesa sin cumplir. No importa que profieran condenas insulsas y faltas de real autoridad, porque no importa lo que pase, lo que crees echará raíces en la tierra y como las de un gran roble te mantendrán de pie, de esta manera no habrá carreta de bueyes, ni ejército capaz de llevarte ante el juez, que furibundo por esto tu cuerpo mandará a quemar.
Pero no debes preocuparte, deja que las llamas de la ignorancia quemen a aquellos faltos de la luz que tus ojos otorgan, porque de esa forma, cubiertos con la resina de la intolerancia, arderán sus cuerpos más de prisa. Y aunque las llaman abracen también tu cuerpo, lo acariciarán en realidad como la seda.
Aunque luego una espada atraviese tu garganta llevándose tu vida, espera a que sus creencias se vuelvan obsoletas y ellos conformistas, porque una vez que estén muertos: el viento y el tiempo arrasarán sin piedad con su piel, su carne y sus huesos, dejando de ellos nada más que un vago recuerdo en la historia. Mientras que tu cuerpo se mantendrá puro por siempre. Serán tus ojos íconos para los pueblos de la Tierra; a pesar de que en vida los hayas arrancado para no ver al hombre prometido y descansen en una bandeja de plata, con ellos guiarás a los que busquen la verdadera luz que en tu nombre se esconde.

lunes, enero 05, 2009

Debes saber

Debes saber que cuando la noche sea cruel y la luna te niegue su regazo, que cuando las lágrimas quiebren la templanza de tu rostro como un río que asalta la quietud de una planicie, mis brazos permanecerán siempre abiertos para que encuentres en ellos cobijo y consuelo.

Debes saber que cuando mis torpes manos se pierdan por las líneas de tu cuerpo, será porque buscan un lugar que ya no les pertenece. Debes saber que aunque las dudas que se arrancan de tu cabeza, aten mis manos a tu cuerpo, saben ellas muy bien que sólo están ahí de paso y que en cuanto el sol salga y con sus rayos te brinde el cobijo que la luna plateada te había negado, deberán cortar las raíces que durante la noche en tu cabello echaron y así dejar el espacio libre para que otros dedos ocupen su lugar.

viernes, diciembre 26, 2008

Puesta de sol

- ¿Te ha pasado que en uno de esos días de verano miras al cielo y como está tan claro piensas que aún debe ser muy temprano?
Daniel le preguntó a Esteban que sentado frente a él lo miraba sin entender qué era lo que intentaba decir. Daniel suspiró y continuó sin esperar respuesta.
- Para mi la vida era como uno de esos días. No me preocupaba de que en algún momento llegara la noche, porque para mí había tanta luz que siempre era temprano, pero… el tiempo siempre pasa… Mi vida eran las fiestas, un submundo en el que me movía oculto detrás del humo de los cigarrillos que no dejaban nunca de encenderse, rodeado de amistades imaginarias que nunca pasaban de ser conocidos, pues no sabían más de mi cosas como que prefiero el vodka que el ron. Mis amores no eran más que amores esporádicos que si daba el ánimo eran de una noche y que si no, duraban apenas un par de horas… Vivía entre esas ilusiones y, francamente, no me importaba.
Esteban escuchaba estoico lo que Daniel tenía que decir, él ya había hablado y no podía decir una palabra más sin que se le quebrara la voz.
- Así era mi vida, Esteban, vivía inconsciente de que el día estaba por darle paso a la noche. Pero al conocerte eso cambió, fue como mirar el reloj y darme cuenta de que a pesar de la claridad ya eran las nueve y que en media hora el día se volvería oscuridad.
Daniel cerró los ojos intentando mantener las lágrimas encerradas. Esteban los cerró también, pero para encerrar los sentimientos, quería salir luego de esa casa sin arrepentimientos, sin mirar para atrás.
- Tú me trajiste la calma… La noche, pero no como decadencia, sino como asentamiento y tranquilidad. Como una nueva etapa en la vida. ¿Cómo puedo estar tranquilo sin ti, ahora que sé que los amigos y las risas no eran más que simples ilusiones y que por mucho que lo intente no habrá cortina de humo capaz de ocultarme nuevamente? ¿Cómo podré volver a lo mismo? ¿Cómo daré un beso y no desear besar los mismos labios a la mañana siguiente?
Esteban se levantó, el reloj en su muñeca marcaba las 19.34, con paso lento fue hasta la puerta y miró directamente a los ojos de Daniel, murmuró palabras que no se alcanzaron a entender y no dejó de hablar hasta que la primera lágrima brotó de uno de sus ojos y cayó al suelo, entonces salió de la casa y entró en el ascensor. Mientras esperaba a que la puerta de metal se cerrase frente a él dio una última mirada a Daniel, que sentado sobre la alfombra lloraba en silencio con la cabeza entre las manos, intentando así capturar en su memoria el brillo que irradia el día al atardecer antes de convertirse definitivamente en noche.

martes, noviembre 11, 2008

El cuadro de la pared de mi cuarto

El viento arrastró hasta el mar las hojas del otoño y junto a ellas se llevó mi alma. Varada en una roca, gaviotas la encontraron y, malherida, la llevaron volando a tierras desconocidas. Aburridas, finalmente, de su inerte compañía la dejaron caer sobre el agua. Encontrándose, de esta manera, alma y mar por fin; enamorándose se mezclaron y perdieron, pues mi alma en agua se convirtió. De la misma forma, aprovechó la tuya el blanco y diáfano viento invernal y en cuanto de mi te quisiste escapar, se arrancó a si misma de tu cuerpo y se escondió en el fondo de un jardín junto a las más bellas flores. Envidia sintió en ese lugar de la belleza de sus compañeras y fue convertida en jazmín, jacintos y azucenas. Así, sobre un trozo de madera que frente a mi cada mañana descansa, plasmó el artista como se reunirán nuestras esquivas almas perdidas cuando volvamos a encontrarnos y seamos nuevamente lo que dejamos de ser cuando ellas nos abandonaron.
Imagen: Marisa Varisco, Jazmín de Agua.

miércoles, noviembre 05, 2008

La danza del fuego

Aquella noche llovía estruendosamente. Fue, de hecho, la última de un temporal que había recrudecido con el paso de los días. En la casa, el fuego bailaba dentro de la chimenea ofreciendo un hermoso espectáculo. Los habitantes cenaron con alegría comentando maravillados cuanto la chimenea calentaba y lo bello que el fuego en ella se veía. Después de que se fueron a acostar, el fuego siguió bailando aunque sólo lo admirasen un perro que dormitaba sobre la alfombra y un gato que perezoso caminaba por un sofá. Las gotas de lluvia golpeaban las tejas produciendo así el ritmo que alentó a la primera llama a saltar sobre la alfombra, se hizo entonces más fuerte su danza, más rápido su paso, más encantadora su gracia y contagiadas las demás, saltaron también a la alfombra extendiendo su baile al ritmo de las gotas de lluvia por los demás muebles y, finalmente, por toda la casa.

viernes, octubre 24, 2008

Encuentro

Caminaba yo con rapidez por un pasillo con la cabeza gacha, iba también alguien hacia mi, pero ninguno lo había notado. Tan ensimismados andábamos que sin darnos cuenta nos estrellamos.
Bastó sólo la sonrisa que se dibujó en su rostro para imaginarme a su lado para siempre. No sabía su nombre, ni su edad... no sabía nada, pero deseé con todas mis fuerzas que lo que imaginaba se cumpliera alguna vez. Nos mirábamos y sonreíamos divertidos dejando que la imaginación hiciera su trabajo.
‘Disculpa’ le dije finalmente, ‘No hay problema’ me contestó con su mirada en mis ojos y sin dejar de sonreír... Parecía que añadiría algo más, pero me di media vuelta antes de que se decidiera a hablar y los dos seguimos nuestros caminos con la vaga esperanza de que nos volviéramos a ver, pero sin saber que nuestros caminos no volverían a cruzarse nuevamente.

martes, octubre 14, 2008

Caballos Nocturnos

Sofía se despertó abrazada a Daniel, se levantó y le acarició con ternura, Daniel se incorporó y contempló las facciones de la mujer con que acababa de dormir. Tuve una pesadilla, murmuró Sofía al oído de Daniel. ¿Cuál?, preguntó éste. No sé… nada… sólo veía que te levantabas y te vestías… Hizo una pausa en que aprovecharon de besarse, Luego, sólo te ibas y no nos volvíamos a ver más, Eso no es una pesadilla, Lo es si se hace realidad. Daniel suspiró intentando no demostrar sus pensamientos internos, ella esperaba que él confirmase que ese mal sueño nunca se haría realidad; tenía los labios entreabiertos, la mirada ansiosa y en su respirar se adivinaba una agitación que no había presentado nunca antes frente a Daniel, ni siquiera cuando sus cuerpos se rozaban movidos por los hilos del deseo y de la inconsciencia etílica. Se conocían desde principios de año, pero todo contacto entre ellos se reducía a las miradas furtivas que se daban en los pasillos de la universidad, en ese entonces ya se deseaban, aunque por motivos diferentes: cuando Sofía miraba a Daniel veía en él un proyecto de marido, un hombre que la mimara, que le brindase una nueva vida, nuevas experiencias, nuevos mundos; por el contrario, Daniel sólo veía en ella una mujer hermosa que serviría para aliviar un poco el cansancio de una vida llena de confusiones y oscuridad…

A veces… el alcohol hace soñar cosas extrañas, comentó Daniel al cabo de un rato e intentó besarla, pero antes de que sus labios se tocaran Sofía se levantó y fue hasta la ventana. Encendió un cigarrillo.

El reloj de la pared marcó las diez en punto cuando, a medida que corría un poco la cortina para que el cuarto se iluminara, Sofía dijo: Igual… despertarse de una pesadilla es lo mejor… como darse cuenta de que sólo ha sido eso, abrir los ojos y ver la luz del sol, después de la noche oscura y llena de fantasmas… no sé, me dan ganas de cantar, dijo ella corriendo la cortina. Daniel también encendió un cigarro y se enderezó quedando con la espalda apoyada en la pared y los pies colgando, las volutas de humo que brotaban de su boca formaban extraños patrones en el aire enrarecido de la habitación.

»Genial que pienses así, Sofía, como si el solo hecho de despertar borrase todo lo que te aqueja… como si la luz del sol disipase tus miedos y temores, y solo quisieras levantarte y cantar aleluyas para agradecerle a Dios que luego de la terrible noche venga el día. Daniel pronunciaba cada palabra con un poco de ira, pero con mucho cuidado, continuó mientras el cigarrillo se consumía en sus labios. Pero… ¿qué queda para los que nos ocultamos en la oscuridad de la noche? ¿Qué se puede hacer cuando el mal sueño es la vida misma? Cuando dormir es, en efecto, el escape perfecto a una vida que no hace más que ponerte trabas y hacerte dudar. Dormir, solamente porque hay una esperanza - eso no más una esperanza- de que se pueda soñar algo distinto a la vida. No entenderías, para ustedes las pesadillas no son más que caballos nocturnos que pasan veloces e intermitentes por sus vidas. En cambio nuestra vida es una pesadilla, como si los caballos de la noche estuvieran siempre galopando sobre nuestras cabezas.

» ¿Qué podemos hacer cuando la luz del sol cada mañana nos muestre aquello que no queremos ver y los ojos de nuestra alma, que no se cierran, se quemen y ardan? ¿Qué queda para aquellos que como yo, no nos queda otra opción que ocultarnos en la noche oscura? No hay cantos de alabanza para aquellos que fuimos condenados a una vida de oscuridad. ¿Habrá, entonces, un despertar para nosotros? ¿Será la muerte el único despertar que tenemos? Me aterra pensarlo, yo no quiero morir… aún. Hizo una pausa breve en la que miró el cigarrillo que seguía consumiéndose. En parte, por eso fumo, para matarme lentamente, pues soy muy cobarde para hacerlo rápido, muy cobarde para tomar un cuchillo y clavármelo en el pecho, muy cobarde para saltar de un edificio y volar, sentirme libre de nuevo sin que el galope me atormente… Muy cobarde… Yo quiero encontrar un despertar en esta vida, quiero poder mirar por la ventana y decir: “Qué rico es cuando despiertas de un mal sueño”, quiero tener ganas de cantar aunque tenga que comenzar una vida nueva, porque los caballos de la noche aplastaron la anterior…

Daniel dejó de hablar porque el último poco de ceniza se desprendió del cigarrillo y había abierto un agujero en la sábana, en el colchón y en su piel. Sofía se había vestido sin dejar de escuchar a Daniel y lo observaba de pie frente a él asustada, sorprendida y sin saber que hacer. En realidad, ambos estaban sorprendidos, Sofía nunca lo había escuchado a él hablar tanto de corrido, ni Daniel tampoco le había dicho a alguien a lo que se sentía condenado. La verborrea siempre lo traicionaba, toda la vida su mente le había jugado en contra, en parte por eso se había convertido en un condenado, sólo cuando dejaba de pensar podía sentirse tranquilo, sólo cuando la luz del sol no le mostrara lo que de verdad era...

Daniel, eres un hueón súper extraño, dijo Sofía finalmente y dando media vuelta se fue; Daniel no intentó detenerla mientras ella abría la puerta, ni tampoco apareció corriendo cuando Sofía esperaba al ascensor y, si bien es cierto, se levantó y fue hasta la ventana, no fue para ver con nostalgia o remordimiento a Sofía alejarse caminando, tampoco lo hizo para agradecerle a Dios por el nuevo día que le brindaba, ni para observar la vida de sus vecinos… sino para, simplemente, cerrar la cortina que había quedado abierta y así poder volver a sumirse en la calma parcial que la oscuridad le brindaba a un alma condenada como la de él.

lunes, septiembre 29, 2008

Uno más

Uno más po’, por favor, suplicó tomándola del brazo. Ella lo miró con lástima y un poco de desdén. Si quieres uno más te va a salir mucho más caro, le advirtió ella recordando lo que le habían enseñado a hacer en estos casos. Podía oler el alcohol que le salía por los poros, pero lo siguió mirando a pesar del asco. Él se incorporó y busco en sus bolsillos un billete arrugado que extendió temblorosamente frente a ella. ¿Sirve?, preguntó. Ella tomó el billete y con un suspiro de resignación le sirvió un trago más a aquel triste hombre.

miércoles, septiembre 24, 2008

Susurros

Sus labios susurran palabras que lentamente el viento lleva hasta mis oídos, palabras que ruegan, que piden, que exigen, que aman, que odian; palabras que se clavan en mi piel y que me dejan pequeñas heridas que no se vuelven a cerrar, pero con las que aprendo a vivir.
Se acerca a mí, abre la boca temblando un poco, le da vergüenza admitir que tiene miedo de que un día mis labios se despidan con un beso distante y que no vuelva a tocarlos nunca más, tiene miedo que una tarde sus labios susurren palabras y que no haya oídos para recibirlas, ni bocas dispuestas a contestar. Por eso cada noche, bajo la luz de la ciudad que atraviesa el ventanal, su piel exige la mía y la busca entre los pliegues de las sábanas extendiendo una mano tímida, como si no supiera que respuesta va a obtener, como si no supiera que un palmo más allá mi piel vibra cuando se acercan sus dedos y que por orgullo me resisto a tocarlo también.
Cada mañana al despedirse me toma las manos, me da un beso y muy despacio dice que me quiere mientras me sigue hasta la puerta, donde se vuelve a despedir, vuelve a susurrar y espera a que avance un poco y me voltee para decirme una última palabra tan despacio que el viento tiene que cargarla hasta mí. Es cada día lo mismo: las despedidas, los besos, los susurros. Esos susurros que hacen que me pierda en los contornos de su cuerpo y que me obligan a recorrerlos con los ojos, con los dedos, con los labios. A medida que me alejo de la casa no escapo sólo de él, sino de su influencia e intento avanzar con el corazón apretándose en mi pecho y en la cabeza sus palabras dando vueltas provocando nuevas heridas y recordándome las viejas.
Una mañana todo fue igual: besos y susurros, alegría y temor, el amor y el dolor, el odio y el placer, todo mezclado en unos segundos. Di pasos lentos y sentí la atracción de su cuerpo sobre el mío impidiéndome avanzar, pero cerré los ojos y continué. Sé que se dio cuenta cuando seguí avanzando sin voltear para despedirme por última vez y tuvo que quedarse con las palabras atoradas entre los dientes.
Mucho tiempo después de aquella vez, vagando entre las calles de la ciudad pude escuchar sus palabras llevadas por el viento tibio y las cicatrices que alguna vez me dejaron volvieron a escocer y a brillar con un rojo escarlata. Podría ser que aquellas palabras no hubiesen sido para mí y que mis oídos expertos en captarlas las atraparon por costumbre, no sé. Pero aquella noche, en la soledad de una habitación vacía, de una cama vacía, de una almohada que añoraba conocer el perfume de su cabello recordé sus ojos en la oscuridad cómplice que nos envolvía y extrañé la timidez con que su mano me buscaba por las noches. Lo vi envejecer entre amores esporádicos en los que no gastaba aliento, diciendo palabras blandas y vacías que no provocaban nada en nadie: ni heridas, ni caricias. Porque guardaba todas sus fuerzas para cada mañana susurrarle al viento las mismas palabras que antes me decía a mi para que así las esparza, pero éste pierde siempre el rumbo y las extravía entre el cemento y el smog, puesto que ahora ya no hay oídos dispuestos a escucharlas, ni labios preparados para responder.

lunes, agosto 25, 2008

Cuentapasos

Cada tarde Andrea sale de su trabajo y camina veinticinco pasos a la izquierda para llegar hasta la esquina, luego son cinco cuadras hasta el metro; la primera la cruza en noventa y tres pasos si va apurada o en cien si tiene tiempo. La segunda son ochenta y siete, la tercera y la cuarta siempre superan los ciento diez, aunque llueva o haga mucho frío. En la quinta sólo alcanza a dar treinta y dos pasos antes de llegar a la primera escalera del metro. A los veinte pasos de la segunda cuadra, Don Daniel, la espera en su kiosco con un paquete de pañuelos desechables y otro con maní salado, a la mitad de la tercera, la señora Claudia le regala una de sus flores que huelen siempre a campo.

La primera escalera la pasa en cuarenta y cinco escalones y un total de diez pasos, la segunda sólo treinta y tres y llega al andén. Al pie de la escalera del andén son tres pasos hacía los rieles, diez hacia la parte delantera y allí toma la flor con fuerza y espera a que la misma mano cariñosa le tome del brazo y le diga en un susurro: Cuidado con la separación, entonces entran al vagón y, con disculpas y permisos, se abren paso entre la gente hasta situarse entre las dos filas de asientos, frente a la ventana.

Desde la estación en que Andrea se sube son diecisiete más hasta que se baja. Las tres primeras prefiere no moverse, porque la gente va tan apretada que cualquier movimiento incomoda, a la cuarta abre el paquete de maní y se demora casi cinco en terminárselo. Si tiene suerte y alguien le cede el asiento, se va el resto del viaje sentada, divertida mientras oye las conversaciones de los demás o canta alguna canción pegajosa en silencio, si anda contenta a veces la tararea un poco más fuerte. Al llegar a la penúltima de sus estaciones se pone de pie y se para frente a la puerta, mentaliza los pasos que va a dar: seis hacia delante, tres a la derecha y entonces la escalera: siete peldaños, tres pasos, seis peldaños, tres pasos, ocho peldaños y el suelo… La voz proviene desde un costado de la puerta y anuncia que han llegado a la estación, entonces antes de que las puertas se abran Andrea se mira en el vidrio, se arregla el peinado y avanza, siempre contando los pasos.

viernes, abril 11, 2008

Volar

Cuántas veces antes había deseado tener alas y volar sobre Santiago, huir de esa pieza en la que lo tenían prisionero, volar encima de los más altos edificios, pasar cerca de la Virgen y visitar a los cautivos del zoológico para luego cruzar la ciudad y perderse entre las montañas.

Lo que más deseaba era volver a sentirse libre…

Pero la libertad no duró mucho tiempo, ni la sensación del viento rozarle el rostro, tampoco tuvo tiempo de hacer visita alguna, porque desde que saltó de la azotea hasta que llegó al suelo… sólo pasaron unos segundos.

sábado, enero 12, 2008

Cántame

Al comienzo caía lentamente en un letargo; por suerte, aún existía un momento de la noche en que Daniel podía ponerse a descansar. Un momento en que después de haber leído casi la mitad del libro de turno y de haber visto más televisión que en cualquier momento del día, las habilidades de Morfeo eran por fin efectivas, se le cerraban solos los párpados y no despertaba hasta la mañana siguiente.

Así fueron muchas de sus noches, desvelos tras desvelos, libros tras libros, películas tras películas. Desvelos, libros, películas y el techo de su cuarto que se dibujaba poco a poco en su mente. El nudo de la madera en la esquina, que junto a las líneas de la tabla, parecía un rostro que lo espiaba en sus noches de insomnio, la mancha de sangre del zancudo que había matado hace un montón de noches y que nunca se había dignado a limpiar. El cazador de sueños que le habían regalado en un cumpleaños y que se mecía suavemente sobre su cabeza, hubo noches en que, debido a la desesperación, llegó a pensar que era aquel artefacto el que no sólo cazaba sus sueños, sino también sus ganas de dormir, esas noches lo arrancaba del techo con un manotazo y lo lanzaba a los pies de la cama; dejando solamente el ganchito desnudo brillando tímidamente en la oscuridad de la habitación, como si no se atreviera a brillar más por miedo a ser arrancado también, entonces a Daniel lo asaltaba la tristeza y lloraba el resto de la noche hasta que el sueño lo vencía sin que se diera cuenta y despertaba al otro día con lágrimas secas en los ojos.

A medida que pasaba el tiempo y que ninguna solución llegaba, las horas de sueño se reducían poco a poco. Se obsesionó con los horarios incluso trataba de calcular el momento en que se dormía, pero siempre el sueño, si es que llegaba, lo invadía de improviso.

Según él mismo se había diagnosticado sufría de insomnio crónico, todo comenzó cuando tenía apenas quince años de una manera extraña. Tenía trece años y dormía plácidamente un domingo por la tarde en casa de sus abuelos. Por supuesto, no era el único que tomaba una siesta después de almuerzo, sino que la mayoría de los que en ese momento se encontraban en la casa: primos, tíos, hermanos, sus padres y abuelos, habían encontrado también un lugar para dormir y tendiéndose en los brazos del sueño hasta que la abuela se despertaba y con su suave campanita fuera danzando por todo el patio despertando a su descendencia. Daniel dormía en las ramas de una higuera, desde hace mucho tiempo había encontrado aquel escondite, tan alto que a veces las campanadas de su abuela no alcanzaban a llegar, más bien parecían caer al suelo como pequeñas gotas de lluvia sonora antes de alcanzar sus oídos. Pero aquella tarde fue diferente, su abuela no se había despertado aún cuando una pesadilla lo sacó de su sueño. Al despertarse se desorientó de tal forma que se había olvidado de donde se encontraba, entonces un mal movimiento lo devolvió a la realidad… y al suelo. Cayendo de golpe despertó a todos los que se hallaban en la casa. Pero Daniel había caído sobre la hierba suave y no tenía más heridas que unos pequeños rasguños en las rodillas, algunas magulladuras a la altura de la espalda y un simple, aunque singular orificio pequeñito en la palma de la mano, junto al dedo pulgar, por el que brotaba un pequeño hilito de sangre, que se detuvo en seguida con el jugo de limón que su abuela le administró en cada una de sus heridas. El incidente fue extraño, pero no generó mayor interés en la familia y todos siguieron sus vidas tranquilamente. Al otro día, cuando Daniel se despertó sintió un pequeño silbido provenir de algún lado en su habitación, pero por más que revisó las ventanas y las puertas, en aquel día de verano no corría ni una pequeña brisa. El silbido lo acompañó durante todo el día, hasta que al acostarse, fue Daniel a tomar el cepillo de dientes y este salió volando cuando acercó su mano derecha, allí entonces cayó en cuenta que el silbido venía del pequeño orificio que se había hecho el día anterior al caer del árbol.

Tardaron mucho en darse cuenta de que Daniel sufría de insomnio crónico, en un principio se llegó a pensar que no dormía debido a la gran cantidad de dules y chocolates que consumía y aunque le prohibieron comerlos el insomnio seguía allí y el silbido también, entonces fue un amigo de la familia, Román era su nombre, que conocía muy bien algunos casos extraños en el mundo quien asoció por primera vez el silbido con la falta de sueño, para ese entonces Daniel ya había cumplido los dieciocho años; Román explicó que una vez había viajado a Malasia y en un pueblito pequeño al sur de este país había conocido a una mujer que no dormía. Ella le había contado que empezó a dormir menos cuando el viento dentro de ella se escapó y que cuando ya no quedó nada más, ella dejó de dormir por completo. Las explicaciones de Román no tranquilizaron a Daniel y allí encomendó su vida en buscar una forma de detener que se le escapara el viento. Fue tanta su desesperación que llegó a taparse el orificio con engrudo y argamasa, pasando también por la arcilla y estando a punto de cementarse la mano.

Desesperadamente buscaron alguna forma para impedir que se le fuera el sueño, o para devolver el sueño perdido, en ese punto de su vida sólo dormía una hora al día. Pidió cita con los mejores siquiatras del país, con la esperanza de que los medicamentos le devolvieran la facultad perdida, pero todo fue inútil, no existía ninguna pastilla lo suficientemente fuerte para curar su grado de insomnio. Visitó todo tipo de doctores que pudieran curarle aquel orificio en la mano, pero cualquier cosa que le pusieran encima salía, literalmente, volando a los pocos minutos. Incluso llegó a ir a un dentista quien, luego de escuchar su explicación y su triste historia, accedió a “coronarle” la mano, con el fin de que así no se escapara más el aire, pero también fue inútil. Chamanes, brujas y hechiceros, especialista en ciencias ocultas, todo tipo de personajes, pero todo fue inútil. Daniel pasó años buscando una cura inexistente; finalmente, entre los estudios y la búsqueda de una cura no se percató de que el aire dentro de él se comenzaba a acabar y que dormía cada día menos. Al final cansado de tanto buscar y sin quererlo comenzó a sobrellevar la situación.

Pasaba las noches leyendo todo lo que la biblioteca de su padre tenía en esos tiempos; estudió biología, química y física, matemáticas y mucha literatura. Estudió inglés, francés, alemán, aprendió esperanto y también sánscrito. Se hizo diestro en muchas artes: la literatura siempre se le hizo fácil, escribió un montón de cuentos que anotaba a mano en cuadernos que guardaba en la bodega de su casa dentro de enormes cajas, aprendió a pintar y pasaba gran parte de la noche pintando, también incursionó en la escultura, compraba grandes trozos de mármol y esculpía día y noche sin parar, hasta formar verdaderas obras maestras. Aprendió a tocar la flauta traversa, el piano, el clavicordio, los timbales y el violín, tocaba y cantaba grandes arias de ópera durante noches enteras. Así fue su vida durante aproximadamente veinticinco años, para él el día y la noche se habían reducido a una cosa de luz y sombra, más que de descanso y actividad.

Cumplía cuarenta y cinco años ese día, el aire dentro de él se había acabado hace más de diez, en su casa se había formado una gran fiesta para celebrar, estaban todos sus amigos y algunos amigos de sus amigos, todos bailando o conversando en un ambiente de cálida confraternidad; había gente de todos los ámbitos de la cultura, de la política y hasta algunos personajes de la farándula televisiva. Daniel de pronto se sintió ajeno a todo aquello, habían pasado más de diez años desde la última vez que había dormido, aún podía recordar lo último que había soñado esa última vez, un mujer tan blanca como el brillo de la luna, recordaba su voz en el sueño, tan suave como el canto del ave más maravillosa, la recordaba tan cercana, tan de él, que sintió deseos de que todos se largaran para poder dormir un poco y soñar con ella.

Las luces del departamento se apagaron completamente, desde un lugar lejos de Daniel llegó el tímido resplandor de la primera velita que se prendía sobre el pastel, a medida que el brillo crecía lentamente, pudo observar como todos los asistentes lo miraban expectantes y sonrientes, entonces en aquella penumbra vio a la mujer de sus sueños, sonreía blancamente entre sus invitados, junto a su tío Román, supo que era ella por su blancura ingenua, de pronto todas las demás voces se callaron y dejaron de cantarle y sólo oyó la voz de aquella mujer como si estuviera ofreciéndole un concierto sólo a él. El recuerdo soñado de su voz se hizo real y rápidamente volvió a mezclarse con el resto de sonidos que había en la habitación. Pidió lo mismo en sus tres deseos y sopló las velitas con mucha fuerza. Al instante Román llegó a su lado, la mujer lo seguía atrás. Te quiero presentar a alguien, le dijo su tío cuando estuvo junto a él, Ella se llama Alicia y no sabes las ganas que tenía de conocerte. Román los presentó y disculpándose dijo que tenía otras cosas que hacer, otra vez su tío había cambiado por completo la vida de Daniel. Alicia tenía treinta y cinco años, de padre francés y madre chilena, venía llegando a Chile en el mismo vuelo en que había llegado Román, éste le había contado la extraña historia de Daniel y Alicia sorprendida le contó que su madre había sufrido lo mismo. Daniel descubrió entonces, que después de todo, su mal no era algo tan extraño.

Muchos años pasaron en que Daniel y Alicia no se separaron jamás, él se deleitaba viéndola dormir durante las noches, le creaba poemas que luego ella cantaba con su voz angelical, viajaban juntos, estudiaban juntos, ella se hizo una famosa cantante lírica en Chile y él nunca dejó de acompañarla. Se casaron cuando llevaban tres años juntos en una hermosa ceremonia a la orilla del mar. Tuvieron tres hijos: Gabrielle, la mayor heredó de su madre esa incomparablemente hermosa voz, Javier venía después y era una copia exacta de su padre y finalmente, nació Agnes, que en belleza y pureza no tenía nada que envidiarle a su madre. Sus hijos crecieron en un ambiente de cultura y aceptación. Crecieron felices y cada uno se desarrolló en el ambiente que pensó conveniente para sí mismos, Gabrielle fue una cantante hermosa como su madre, Javier, siguiendo los pasos de su padre, estudió literatura y con verdadera vocación comenzó a enseñarla. Anges, fue un poco más difícil en carácter, pero cuando maduró decidió su lugar con precaución.

Daniel había encontrado descanso por fin, no le importaba que no durmiera, porque todos sus sueños se habían cumplido, para qué quiere un hombre dormir cuando ya no necesita soñar. Sin embargo, todo eso cambió cuando Alicia murió. Fue una triste noche, veinticinco años después de que se conocieron, tenía sesenta años y el cáncer de mamas fue más fuerte que ella a su edad. Daniel se refugió en sus libros, no paraba de escribir en todo el día, escribió sobre ella y sobre como le hizo sentir, quería transmitir todo lo que había vivido a las demás personas, deseba dejar constancia en la historia de todo lo que había hecho, de todo lo que había sentido, de la increíble mujer que Alicia había sido y por eso no paró de escribir hasta que el cansancio lo venció. Yacía tirado en el piso de su biblioteca en estado de shock total, cuando Gabrielle lo encontró, miraba el techo de la habitación: una sala completamente de madera un millón de ‘cazadores de sueños’ se mecían con el viento que entraba por la ventana, los nudos de las tablas formaban rostros que miraban conmovidos el cuerpo de Daniel yacer allí tirado. Gabrielle lo levantó y le hizo volver en sí, Daniel la miró por un momento. Alicia, le dijo estirando el brazo para tocarle el rostro, Volviste, sabía que no me ibas a dejar, Si, Daniel, aquí estoy contigo, vamos, parémonos, le dijo Gabrielle tratando de incorporarse con su papá, no era la primera vez que en su locura senil la confundía con su madre. Hay algo que quiero contarte, le dijo Daniel sin levantarse, algo que te debería haber dicho antes de que te fueras, pero que nunca quise contarte. Gabrielle lo miró por un instante, su padre nunca había tenido esa expresión de cansancio y de desesperación, siempre se había mostrado como un hombre feliz y fuerte, pero ahora no era más que un chiquillo asustado…y esto fue lo que dijo:

Alicia, cuando nos conocimos yo no dormía hace diez años, siempre te dije que recordaba muy bien aquella última vez, que había tenido el sueño más importante de mi vida y que después de eso, no necesitaba volver a soñar. Todos los hombres sueñan con el momento de su muerte y yo, aunque no durmiera, no podía ser la excepción. Lo soñé la última vez que dormí, como un aviso de que no volvería a dormirme hasta que me llegara el momento. Soñé que te conocía por primera vez, tu pelo suave se posaba sobre tus hombros y te tapaba la mitad de la cara, tal como lo hace ahora, la luz del sol que entraba por las ventanas te brindaba esa extraña luminiscencia que siempre te ha acompañado, tus brazo me rodeaban el cuerpo y tu sonreías mientras me cantabas con esa voz tuya que amo. Esa voz que nuestras dos hijas heredaron y que espero haga tan feliz a otro hombre como me hizo a mí. Tú cantabas y yo oía tu voz salir como una leve brisa que me envolvía entero. Tú cantabas y yo sentía como tu voz me iba llenando poco a poco nuevamente. Tú cantabas y mis párpados se sentían cada vez más pesados y todo el cansancio de una vida completa se disipaba. Yo cerraba mis ojos y oía tu voz a lo lejos cantándome, tu voz me transportaba a otro mundo, me depositaba lentamente allí y dormía, dormía nuevamente, como no había dormido en tantos años y a la mañana siguiente estábamos juntos otra vez, el uno junto al otro. Juntos, como uno solo. Juntos otra vez, por ahora y para siempre.

Gabrielle oyó las palabras de su padre con atención, aquel momento era el que había sido soñado, pero no era su madre la que iba a cantar, sino ella. Su padre la miró suplicante y le pidió que le cantara, que lo llenara del aire que hace muchos años había perdido. Insistió otra vez, pero Gabrielle no sabía que hacer, entonces Daniel suplicó una vez más: Cántame, para dormir, estoy tan cansado y, por favor, quiero dormir. No te preocupes por mí, en el fondo de mi corazón se que es este el lugar y el momento para irme. Cántame, por favor… Entonces Gabrielle no pudo más y de su pecho brotó como el agua de una fuente, el sonido de su voz y cantó, cantó hasta que las fuerzas no le dieron para más y su padre poco a poco fue cerrando los ojos y en el mismo instante en que Gabrielle no pudo cantar más… se durmió.


The Smiths - Asleep



jueves, octubre 11, 2007

El Mago Bonzo

Las llamas bailaron sobre el paño mojado en bencina, se movieron con peligrosa proximidad mientras el mago lo batió a su alrededor. Aquel era un truco que había hecho miles de veces; miles de paños quemados y de palomas que se perdían en el cielo.
Pero aquella noche en que la mamá nos llevó a verlo algo salió mal: la paloma no salió volando. Nunca supimos qué ocurrió, quizás la multitud hizo que ésta se asustara o el olor a bencina mareó al mago. Pero al otro día en los diarios sólo se hablaba del mago Bonzo o algo así…

jueves, septiembre 27, 2007

Día de invierno en el parque

El otoño llegó al parque a mediados de marzo. Las hojas no pararon de caer hasta que sólo quedaron los esqueletos de los árboles. El frío era insoportable y lo fue mucho más a medida que se acercaba el invierno.

Nada pudo ayudar al Black a protegerse del frío, ni siquiera sus carreras a lo largo y ancho del parque, ni el fuego que alguno de sus amigos prendía en un basurero con las hojas secas, tampoco su abundante pelaje negro.

El frío recrudeció a tal punto que una noche sin luna el viento azotó con más fuerza la pequeña casucha que uno de sus amigos le había construido en una esquina del museo, entre unos arbustos, y al despertar el Black supo que no se podría volver a mover nunca más.

¡Qué triste forma de morir!, pensó mientras intentaba mover sus patas congeladas y sólo conseguía que le dolieran aún más. ¡Qué triste forma de morir! Los primeros deportistas pasaban junto a él sin darle siquiera una mirada. ¡Qué triste forma de morir! Mientras sus ojos vidriosos escrutaban el parque viendo a parejas caminar de la mano, jóvenes riendo y jugando en el pasto, insensibles ante aquel frío aterrador. ¡Qué triste forma de morir! Cuando su mejor amigo lo llamaba por su nombre, dando gritos, preguntándole a los demás vagabundos si lo habían visto. Frías lágrimas le cubrieron los ojos y se desbordaron en un torrente de llanto canino, cuando la voz de su amigo se apagó a lo lejos y el Black pudo verlo alejarse caminando hacia la borrosa luz del sol tras las nubes.

¡Qué triste forma de morir! Fue su último pensamiento antes de que el frío viento nocturno le cerrara los ojos por última vez.

lunes, septiembre 10, 2007

Pollito al velador

Espéreme, le pidió ella mientras se abotonaba la blusa y se calzaba las botas, pero él no la esperó, solamente se puso la argolla de oro en el anular izquierdo y se fue sin decirle una palabra, ni dedicarle una mirada. Ella se quedó contemplando la puerta cerrarse con el cierre de la falda a medio subir… pero tenía que apurarse, le quedaban diez minutos de la hora de colación y quien se acababa de marchar la despediría si llegaba tarde.